Publicación con 24 notas
Primero viene el movimiento de la boca, que se retuerce en una mueca un poco extraña como si de su vida dependiera la realización de dicho movimiento. Justo después una sonrisa de complicidad con lo que vendría adelante, mientras que observo el movimiento del fuego en un baile que ya se esparcía por toda la habitación -o, como mínimo, eso es lo que yo veía.
Entonces, ¿qué estábamos haciendo? Ah, sí, viendo una película. El fantástico sr. Zorro, de Wes Anderson. Mientras mi mandíbula seguía su mueca inevitable, el argumento continuaba su verdad surrealista de un cuento poco habitual. Pero yo ya no estaba siguiendo nada, o no del todo. ¿Lo estaba? No, no lo creo. Las sábanas y las cortinas. Y el primo del adolescente que es perfecto y que hace sombra al hijo. El fuego me rodeaba y las luces de afuera manipuladas por las ondulaciones de la cortina se acercaban y alejaban, se acercaban y alejaban, en otra danza de complicidad con el fuego. Marta me mira con ojos asombrados. Nos reímos. Ya ha empezado.
Se acaba la película en la cual Mark estaba inmerso de lleno sin darse cuenta de la trayectoria del fuego, y nos miramos todos. Creo que Marta tampoco veía el fuego. Creo que yo era la única con esa capacidad. Mark se levanta de la cama. Sonríe. Y sonreímos.
Lo que pasó durante las siguientes dos horas se resume entre bailes paralelos entre las luces y el fuego que nos acorralaban como si de un refugio se tratara, una nube tragándose a Mark y dejándolo ir tras una larga conversación de consuelo, y risas, risas, miles de risas. Y de entre ellas, una confesión: de pequeña, nunca construí un fuerte. Hasta que se les ocurrió montar un fuerte.
Me metí en este refugio dentro del refugio improvisado por Mark y Marta como si fuera una niña de cuatro años, y volví a soñar en voz baja. Se me ocurrió que cuando tenía esa edad me pasaba horas sola, en casa, leyendo. ¿Y qué leía yo con cuatro años? Recuerdo un puzzle rosa y marrón que construía la casa de La Cenicienta. Leía y escribía, y me montaba películas imaginarias en las que yo era todos los personajes. A veces me preguntaba si los demás creerían que estaba loca, pero nunca tuve el valor de confesar mi involuntaria esquizofrenia. Se me ocurrió que Mark no estaba allí cuando yo tenía cuatro años, y que los tres habitantes de este fuerte habían pasado sus infancias en tres países distintos, y aún así, todos habían logrado construir un fuerte con sus sábanas menos yo. ¿Por qué yo no? Se me ocurrió que, a lo mejor, debería llamar a Anna o a Mònica a por la exigencia de más información. ¿Habría construido un fuerte ella, sin decírmelo? ¿Habré desperdiciado la oportunidad de defenderme ante tal persistentes pesadillas? Ahora ya estaba yo fuera de la escena, como una mamá de dos niños que acababan de construir un fuerte para mí. Tercera persona, ¡allá vamos!
Mi cuerpo no tardó mucho a empezar a fundirse con las sábanas y el suelo en un acto hermoso e infinito. Así podría morir. Mi cerebro permanecía intacto en la Tierra, pero mi cuerpo se estaba desvaneciendo en un acto de protesta en contra de mi rechazo a su reconocimiento como pieza importante de mi mundo intelectual. No pasa nada. Todo se derrite conmigo, menos mis pensamientos. Quizá fuera el fuego que nos rodeaba.
Qué maravilla.
Continué con mi viaje desvanecedor por más de una hora, hasta que Mark explicó su historia traumatizante de su paso de la niñez a la adolescencia. Odié el instituto, dijo. No podía soportar la idea de crecer, porque era demasiado ajena a su mente infantil que todavía construía fuertes por las noches. Pensé en mi propio paso a la adolescencia, y qué tan difícil podría haber sido para mí. En mi caso, recuerdo haberlo pasado mal, pero en realidad no fue más que un alivio. ¿Será por mi falta de refugio cuando era niña? Fue justo después de ese estirón cuando encontré paz en el grupo de amigos que me han durado hasta hoy mismo, y no tuve mucho trauma hasta que me tuve que despedir de ellos en agosto de 2008. Eso sí fue un trauma. Y todo por conseguir… algo. Se me va el pensamiento. Al cielo, creo.
En un instante tenía a Mark tocándome la cabeza e intentando besarme. ¿Qué hace? Pensé. Estoy en otro mundo, y no le puedo besar. Él nunca estuvo allí, cuando yo crecí. Él no pertenece a este momento, todavía no. El construyó un fuerte con Marta, aunque estuvieran en dos países distintos, y yo no tomé parte de esta experiencia.
Me dejé abrazar, y me fundí con él. Mi cerebro, de nuevo, permanecía intacto, pero mi cuerpo era ya parte del suyo, y el fuerte nos protegía del fuego. Melancolía. Esa película otra vez. Fusión, y final. Todo me recuerda a ella. Si me quedo aquí petrificada, ¿qué pensarán los demás? Mis piernas ya no existen, y mi corazón ha dejado de palpitar. Pero no me importa. Este final sería hermoso. Fusión, y final. Fusión, y final. Volver a acabar, volver a empezar. Melancolía. Y Marta no nos oye, o no está. Escribe furiosa en su diario palabras inteligibles que no sabemos interpretar, y nosotros ya nos hemos ido a otro lugar inalcanzable. Y esto no se acaba. La sensación permanece ida, sin transición al estado consciente. ¿Y quién quiere la consciencia, cuando eres uno con el todo? Mi cuerpo ya no está. Y yo ya no quiero que vuelva. Fusión, y final. Sería perfecto si todo acabara así, ahora, sin más. Final.
Pero no. Todos nos volvemos a despertar. Hasta las piernas que me abandonan y me vuelven a llamar.
Chicos, ¡a trabajar!